jueves, 17 de diciembre de 2015

Asesinos en Serie (Juan Vallejo Corona [IV])

La evidencia forense presentaba múltiples dificultades. La sangre hallada en la camioneta resultó ser de un trabajador herido que había sido transportado en dicho vehículo. Su famoso machete no presentaba rastros sanguíneos y la de otros lugares resultó ser pintura.
Las huellas de llanta halladas en los sitios no concordaron con las de la camioneta tampoco, la bala hallada en uno de los cadáveres tampoco perteneció a la pistola de Corona, en fin que ni las marcas de herida de machete ligaban con certeza al contratista con los muertos. Inclusive el acusado contaba con una coartada pues durante el tiempo de la muerte de varios de los enterrados estaba usando muletas para caminar.
El juicio contra Juan V. Corona fue sumamente largo y tedioso. El procedimiento se tornó en una lucha de intereses entre los abogados de la defensa y los de la parte acusadora, en este caso del Estado de California. Las principales disputas giraron en torno a la evidencia forense y a su complicada y fallida recopilación. Ningún especialista que pasó a rendir testimonio en la corte pudo asegurar al 100% que los cuchillos y el machete de Corona estaban conectados con los cadáveres encontrados. En cuanto a la sangre, igual ningún especialista pudo establecer de manera convincente que hubiera conexión entre las muestras de los muertos y las manchas y gotas encontradas en los efectos personales y la propiedad del acusado. Salieron a flote tantos y tan complicados detalles que muchas veces se perdió la perspectiva de los crímenes para enfocarse en la efectividad de los analistas y en su reputación profesional. Aún las recetas y recibos hallados en los entierros fueron puestos en duda, al sugerirse que tal vez alguien quiso inculpar de esa manera a Corona con los asesinatos. Hubo quien sugirió que se revisara la antigüedad de cada cadáver y de las notas para poder dilucidar si fueron puestas después o cayeron en las tumbas en el momento mismo del crimen. Esta estrategia puso al descubierto errores de procedimiento por parte de los forenses al clasificar los cuerpos, los cuales fueron numerados de diferente manera por los médicos, contrariamente el sistema con que la Policía los fue etiquetando. Luego estuvo el hecho de que nadie pudo concluir que Juan V. Corona fuera homosexual, este hecho hubiera resultado crucial dada la evidencia de que los crímenes tenían una motivación notoriamente sexual. Hawk, el abogado defensor, nunca llevó ningún testigo clave al estrado y, aunque no lo nombró explícitamente, basó gran parte de su estrategia en sugerir que había sido el hermano de Juan, es decir Natividad Corona, el "verdadero" responsable de la matanza.

Para complicar más el juicio resulta que se le acusó a Corona por los 25 crímenes, multiplicando así en costos monetarios y de tiempo las diligencias respectivas. Usualmente cuando se acusa a un multihomicida basta con procesarlo por uno o dos crímenes de la multitud que se le adjudican, pero en este caso ese detalle de atiborrar de acusaciones constituía la estrategia de la parte acusadora para conformar un caso ganador. Es decir, cimentar el mosaico de evidencias circunstanciales de que habíamos hablado párrafos atrás. Finalmente ambas partes dieron por agotados sus trabajos y el jurado decidió que Juan V. Corona era culpable de 25 homicidios, en consecuencia el juez recetó 25 cadenas perpetuas con derecho a libertad condicional.
Poco tiempo después Corona volvió a juicio puesto que un nuevo grupo de abogados tomó la defensa del caso y decidió que no se le había defendido correctamente en su primer juicio. De hecho nadie se explica el por qué su primer abogado defensor no hizo nada por alegar incapacidad mental. Estaba claro y documentado que Corona había sido sometido a electroshocks. Sin embargo este nuevo lance probó ser ineficaz y costoso, pues se estima que a los contribuyentes californianos el chiste les salió en varios millones de dólares. Básicamente el jurado argumentó que Corona era el más probable culpable por la evidencia de su bitácora personal, donde había anotado un registro de los nombres de varias de las victimas halladas y, siendo de ese modo, no se modificó la sentencia del juicio anterior, siendo que hasta esa evidencia no estaba exenta de controversia y que fue materia de mucho debate entre especialistas en Grafología.
En cuanto a Corona, no lo pasó bien en la cárcel los primeros años, puesto que fue atacado por cuatro internos, quienes lo cosieron a puñaladas, casi haciéndolo morir y destruyéndole un ojo en el ataque. Pero luego Corona se recuperó y a la fecha continúa purgando su sentencia en la prisión estatal de Corcoran en California. Padece de demencia senil y su salud no es buena.


Asesinos en Serie (Juan Vallejo Corona [III])

A estas alturas de la conmoción el sheriff Whiteaker ya conocía algunos detalles muy oscuros acerca del contratista mexicano Juan Vallejo Corona.
Para principio de cuentas circulaban rumores acerca de Corona y algunos ‘asuntos’ suyos con hombres homosexuales. Luego estaba el hecho de que había sido diagnosticado de esquizofrenia (1956) y conforme a los usos médicos de entonces fue sometido a terapia de electrochoques. También se conocía a la perfección un macabro episodio que involucraba a su hermano Natividad Corona, ese sí un conocido y violento gay que operaba el café ‘Guadalajara’ en el poblado de Marysville. En dicho episodio apareció en el baño del lugar un joven sangrando de la cabeza, pues con un machete le habían volado parte del cuero cabelludo. El sujeto fue auxiliado por otros comensales y el homosexual Natividad Corona huyó del país hacia México. La víctima demandó por $250,000 dólares, pero el proceso nunca fructificó ante la ausencia del demandado. La existencia de este lío entre homosexuales daba mucho en que pensar acerca del señor Juan Corona.
En una época en que todavía no explotaba el uso de compleja tecnología forense, la única manera de construir el caso contra Juan Corona fue mediante evidencia circunstancial. Los fiscales sabían que las notas del mercado podían ser rebatidas durante el juicio así es que mediante los testimonios de muchas fuentes podían armar un mosaico que sustituyera la evidencia que, en otros casos, es concluyente y liga al asesino con las víctimas.
En la época de los hallazgos en los huertos, el trabajo del Departamento de Policía se multiplicó enormemente. Las labores no solamente abarcaban la exhaustiva búsqueda de restos humanos; a pesar de haber encontrado la tumba masiva, existía la posibilidad de hallar cuerpos solitarios enterrados por aquí y allá. También había que atender a las numerosas personas que se habían enterado del asunto y que buscaban noticias de seres queridos desaparecidos. Así que había que investigar y dar seguimiento a cada caso. Igualmente daba trabajo la Prensa y los curiosos que atestaban las cercanías del entierro masivo. El 4 de Junio la búsqueda llegó a su final. El conteo quedó en 25 cuerpos, de los cuales únicamente tres no eran cadáveres de anglosajones, tampoco hubo uno solo de origen mexicano. Tras un arduo proceso, todos fueron identificados menos 4 que permanecieron en calidad de desconocidos.
En una de las tumbas a ras de tierra se halló una pieza más de evidencia contra Juan Corona. Un recibo bancario a nombre del contratista apareció entre la tierra. El caso tomó mucha fuerza, pero el sheriff Whiteaker convocó a destiempo a una conferencia de prensa donde sin previo juicio ni mayores diligencias legales inculpó al mexicano de los crímenes. El apresuramiento resultó contraproducente puesto que abrió el caso al escrutinio de más abogados y especialistas que determinaran realmente si había evidencia suficiente contra Corona. El mosaico de evidencias que se pretendía formar no ayudaba al caso. Además después de todo en los Estados Unidos nadie es culpable hasta que se demuestre lo contrario.
 Ya detenido se le comenzó a investigar a Corona surgiendo rápidamente el detalle de que fue tratado por sus problemas mentales años atrás y de cómo había recibido una docena de tratamientos a base de electrochoques, cuando se pensaba que eran realmente eficaces. La información señalaba que Corona era un pacífico hombre de familia, padre de cuatro mujeres y un devoto que no faltaba un solo domingo a la iglesia. Sus ingresos rondaban los $20,000 dólares al año y no había quejas de que abusara de los trabajadores temporales a quienes contrataba. No faltaba la usual queja de que no pagaba lo suficiente por el trabajo realizado. Pero bueno, ¿qué contratista en esta vida paga lo justo? Sin embargo, existía el testimonio de quienes hablaban de un Juan Corona irascible y violento y de que había sido visto rondar los entierros tras las huertas. El reportero Kidder visitó al inculpado en la cárcel para cerciorarse de su estado mental y lo que vio fue a un sujeto triste, en actitud humilde pero principalmente deprimido. Se dice que durante su juicio sufrió dos ataques cardíacos y que pasaba su tiempo tomando clases de Pintura.



Asesinos en Serie (Juan Vallejo Corona [II])

En sus ropas se pudo hallar un pasquín de pornografía gay, lo que hizo suponer que se trataba de un homosexual. A pesar de la horrible naturaleza del descubrimiento, para la Policía no había razón de alarmarse. Total, el movimiento gay en boga en San Francisco había agitado e irritado a mucha gente que bien pudo haber liquidado al hombre como una forma de represalia.
El escritor y reportero del crimen, Kidder, especuló que aquel homicidio pudo haber sido cometido por un par de hombres que habían salido a la caza de un encuentro sexual y hallaron un voluntario que por algún dinero accedería a sus peticiones. Pero luego lo mataron cuando se negaron a pagarle el billete prometido. Los peritos tomaron algunas impresiones de las huellas de una camioneta que estuvo en el sitio pero no se le dio la importancia debida al asunto y el cuerpo no fue estudiado con la minuciosidad requerida. Debía descartarse algún tipo de asalto sexual, aunque eso si, se determinó que las heridas de la cabeza habían sido practicadas cuando el hombre ya había fallecido. Después del rapidísimo examen forense el cadáver fue entregado a los funerarios. Los detectives concluyeron que pudo haber sido el resultado de una pelea, un mero suceso al azar.
Sin embargo unos cuantos días después se halló otro cuerpo en las huertas de durazno de la zona. El 24 de Mayo, mientras operaban un tractor en un rancho vecino, los trabajadores tuvieron que parar al encontrar partes de la tierra colapsadas. De nuevo fue llamada la Policía y encontraron el cuerpo de Charles Fleming, otro vagabundo del lugar. Esta vez las autoridades actuaron con mayor cautela y la búsqueda de más cuerpos se intensificó sin encontrar nada, hasta que un oficial descubrió un pequeño camino entre la vegetación, el cual los condujo a una enorme tumba colectiva.
A lo largo de la rivera encontraron la tierra sospechosamente revuelta. Cuando comenzaron a remover el suelo con las palas encontraron las piezas claves del caso. Unas notas del mercado de la ciudad a nombre de un tal Juan V. Corona, despachadas hacia pocos días. Al excavar encontraron otro cadáver, un hombre con las mismas heridas de muerte, golpes en la cabeza y laceraciones producidas por lo que parecía ser un machete. El sujeto enterrado era un granjero indigente. Siguieron apareciendo cuerpos uno tras otro en diferentes grados de descomposición, de tal modo que se pudo establecer hasta la cronología de las muertes.
 Algunos de ellos difícilmente podían mantenerse completos. Tuvieron que ser colocados dentro de bolsas de plástico para su posterior identificación. Indudablemente era esta fosa colectiva el producto de un solo criminal, puesto que todos los cuerpos presentaban signos de un mismo ritual de muerte. Una especie de firma, según lo llaman los especialistas. De vez en cuando ocurren actos violentos en una comunidad, pero los oficiales a cargo jamás habían presenciado un entierro colectivo como este. Las victimas aparecían con evidentes signos de asalto sexual, con los calzones a los tobillos y los genitales expuestos. La mayoría habían sido trabajadores emigrantes y/o vagabundos, asesinados con arma punzocortante y golpes a la cabeza. Algunos habían incluso recibido un tiro. A pesar de la evidencia contra Juan Corona, el sheriff Roy Whiteaker hizo énfasis en el cuidado que debían guardar sus subalternos en la recuperación de cuerpos. Las recetas halladas eran buenas, pero para dar un paso definitivo se debía encontrar algo más. Entonces el objetivo se fijó en enterarse por terceros que hubieran conocido a las víctimas y poder ligar definitivamente al contratista con las muertes.



Asesinos en Serie (Juan Vallejo Corona [I])

Juan Vallejo Corona conocido como el ‘Machete Murderer’ nació en el año de 1934 en México. En mayo de 1953, Juan Corona emigró a Estados Unidos a instancias de su medio hermano Natividad Corona y se estableció en la ciudad de Yuba City (California), se casó y tuvo cuatro hijas. Con el tiempo se dedicó a la actividad de contratista de mano de obra consistente en proporcionar a los granjeros del lugar mano de obra barata, generalmente mexicanos que habían emigrado buscando un mejor nivel de vida. En 1956 Corona fue diagnosticado de esquizofrenia y conforme a los usos médicos de entonces fue sometido a terapia de electrochoques. Los informes recogidos indicaban que Corona era un pacífico hombre de familia que concurría los domingos a la iglesia y no había quejas de que abusara de los trabajadores temporales a quienes contrataba.
Su medio hermano Natividad Corona, era conocido como un homosexual violento que operaba el café "Guadalajara" en el poblado de Marysville. Cuando un joven que apareció herido en el baño de su negocio lo demandó por $250,000 dólares vendió el negocio y se fue a su país.
Pero el 19 de Mayo de 1971 un granjero japonés de la zona sale a pasear por sus huertos de durazno y nota que alguien ha excavado entre dos árboles un hoyo de dimensiones semejantes a los de una tumba. A pesar de que alrededor había cuadrillas de trabajadores contratadas por Juan Corona pizcando durazno, quedó intrigado por el hallazgo al grado de regresar a ver el agujero por la noche. Cuál sería su sorpresa al encontrar el hoyo relleno de tierra. Decide llamar a la Policía, que en un principio no sospecha nada extraño a excepción del hecho de que alguien pudo haber ido a enterrar basura en una propiedad ajena. Para sorpresa de todos, al excavar los oficiales se encontraron con el cadáver de un hombre blanco y delgado. En vida aquel sujeto se llamaba Kenneth Whiteacre. Kenneth abía sido apuñalado en el pecho, fuertemente golpeado en la cabeza y presentaba varias laceraciones profundas detrás del cráneo.

miércoles, 16 de diciembre de 2015

Leyendas en Catalunya (El campanario maldito de Santa María del Pi)

Antiguamente se creía que el campanario de la iglesia del Pi era frecuentado por el mismo diablo, y para probarlo se mostraba a los incrédulos uno de los escalones de la torre, concretamente el numero cien, en el cual antes había grabado un diablo que parecía bailar sobre la piedra.
El maestro del grabado fue el maestro de obra que acabó el campanario, que no era el mismo que lo comenzó.
Algunos maestros de obra sufrían una maldición que les impedía terminar aquello que habían empezado. Esto mismo le pasaba a este. Tantas veces intentaba terminar la obra, tantas se le derrumbaba al día siguiente. Desesperado decide hacer un trato con el diablo, diciéndole que le daría el alma si le ayudaba.  Lucifer en persona atiende su suplica y le dice que le ayudaría si, llegando al escalón cien, le entregaba su alma.
Firman un contrato y enseguida, el maestro de obras, comprueba que todo lo que antes se le derrumbaba ahora tenía una gran solidez y las obras avanzaban a una gran velocidad. Pero cuando vio que iban llegando al escalón noventa y nueve ordenó que dejaran la obra y siguieran por otro lado.
A partir de este momento la obra volvió a ralentizarse tanto que el hombre murió de viejo habiendo conseguido burlar el pacto con el diablo.
Pero el campanario debía terminarse y un nuevo maestro de obras toma posesión del cargo, y como conocía la historia, no se sabe si como burla al diablo o como tributo a su antecesor, grabo esa imagen del diablo en el escalón numero cien. Pero al diablo no le debió de gustar mucho la broma porque planeó una buena venganza.
Los maestros de obra no suelen sufrir de vértigo, lo que se llamaba "mal de campanario", pero si alguno lo sufría en algún momento dado, esto es signo inequívoco de que el edificio amenazaba ruina.
Bien, el dia que acabaron la construcción y todos los obreros subieron al punto más alto de la torre para hacer la ultima inspección, el maestro, de repente, se apoya contra una pared pálido como un muerto, con los ojos fuera de las orbitas y los labios temblorosos y confiesa a sus compañeros que veía como todas las casas y los edificios de los alrededores, y hasta las torres de la catedral, se movían como bailando una diabólica danza y que acabarían cayendo sobre la iglesia del Pi y la aplastarían.
Comprendieron los obreros lo que le pasaba, y sin pensarlo dos veces, hicieron lo único que se podía hacer en esta situación para conjurar la maldición: cogieron al maestro de obras y lo tiraron desde el campanario.
Con esto el diablo debió de darse por satisfecho y dejar de rondar por la iglesia, pero no fue así, y de tanto en tanto se manifiesta para que los barceloneses no olviden a quien le deben la construcción de esta torre.
En la fachada de la iglesia hay una lápida con una inscripción pero, que tiene que ver esto con el diablo?
Josep Oriol Mestres, padre del poeta Apel.les Mestres, era el maestro de obras mayor de Barcelona. Los hechos que explica la lápida tuvieron lugar mientras se hacia una procesión por la beatificación de Sant Josep Oriol, enterrado en esta misma iglesia, el cual fue el que contrarrestó la acción del diablo, protegiendo al maestro de morir en la caída. Molesto por la intervención del santo, el diablo decidió intentarlo de nuevo el mismo día de la beatificación y aprovechando que la plaza estaba llena de gente, rompió la cuerda de la gran campana del Pi y la hizo caer en medio de la concurrencia. Por suerte Sant Josep Oriol volvió a intervenir y consiguió desviar la caída allí donde no pudo causar mal.
Entonces el rector de la parroquia consideró que el diablo no tenia derecho a rondar por el templo, aunque fuera en forma de grabado, y hizo que se borrara su figura del escalón.

fuente:  https://magisquam.wordpress.com

Asesinos en Serie (Dean Corll [IV])

La noche del 8 de Agosto de 1973, Henley llevó a su novia Rhonda y a Tim Kerley a la casa de Corll, quien se molestó en el instante que vio a la chica, después de unas cervezas y un poco de hierba se calmó. En algún momento los tres adolescentes perdieron el conocimiento y se levantaron atados, Henley se despertó cuando estaba siendo esposado por Corll, sabiendo lo que le esperaba logró convencerlo de que lo deje libre y lo ayudaría, Dean aceptó, y tras intentar violar a Tim Kerley, el joven luchó tanto que Dean frustrado salió de la habitación, en ese momento Henley tomó el arma que Corll había dejado, una pistola calibre 22. Cuando Corll regresó, intentó atacar a Henley pero éste le disparó seis veces: en la espalda, hombro y cabeza.
El asesino serial había muerto y Henley, resignado ante la culpa, llamó a la Policía. Mientras esperaban éste le dijo a Tim: "me hubieran dado $200 por ti". Cuando los oficiales interrogaron al cómplice, este les contó todo sobre los asesinatos, la Policía, escéptica, no creía la historia hasta que Henley les mencionó algunos nombres de los adolescentes desaparecidos.
Al investigar el apartamento se toparon con una oscura verdad. Dean Carll los había matado a todos en su cámara de tortura.

Un cuarto oscuro, diseñado sólo para la tortura y la muerte, un cuarto investido de un extraño olor. Tenía un piso alfombrado cubierto por plástico y una larga tabla con esposas adjuntadas, la cual sería el último lugar de reposo de las víctimas. Habían cuerdas y varios juguetes sexuales, objetos todos que describían la naturaleza de los crímenes. También había un extraño cajón de madera con huecos hechos para que el aire entre.
A ese terrible lugar Corll llevaba a los jóvenes (de 13 a 20 años) que elegía como presas. Ahí los desnudaba, los violaba y los atormentaba haciéndoles cosas como meterles gruesos consoladores que les dejaba metidos en el ano; o, peor aún, duras, frías y lacerantes varillas de acero… También solía introducirlos en cajas de madera, donde tras cierto tiempo sus víctimas experimentaban agudos calambres. Gustaba de arrancarles el vello púbico, pelo por pelo. Y era cada vez más sádico, ya que llegó a un punto en que les partía los dedos, les quebraba a martillazos los omoplatos y otros huesos de piernas y brazos, los asfixiaba con bolsas plásticas, les hacía cortes en tal o cual parte del cuerpo, e incluso, a algunos los castraba con tijeras, cuchillos, y hasta navajas de afeitar…

En los días que siguieron después de la muerte de Corll, Henley llevó a los oficiales al cementerio personal de Corll. Cerca del cobertizo de su bote había un terreno donde, tras cavar por algunas horas, descubrieron varios cuerpos bañados en cal y envueltos en plástico. Y es que Corll, según contaron ex empleados de la dulcería, solía comprar a menudo unos rollos de plástico transparente; eran estos los royos con los que envolvía a los cadáveres de sus víctimas, atando los extremos de tal forma que los muertos pareciesen caramelos. Pero Henley no se detuvo allí, y tras confesar toda su participación, los llevó al resto de “cementerios” que Corll había creado en todo Houston. La Policía descubrió un total de 27 cadáveres, que al ser examinados mostraban señales de haber sido estrangulados y torturados, algunos también habían sido castrados, otros fueron muertos a balazos, algunos tenían objetos insertados por el recto, y absolutamente todos habían sido sodomizados.
Cuando la investigación y búsqueda de cadáveres estaba terminando, Henley insistió en que faltaban tres cuerpos más que habían asesinado, cuerpos que jamás fueron encontrados. Aunque sí descubrieron dos huesos que no eran de las víctimas encontradas cerca del cobertizo del bote de Corll, por lo que no se descarta que hubiese más víctimas que nunca aparecieron.

fuente: http://www.asesinos-en-serie.com

Asesinos en Serie (Dean Corll [III])

La Policía por su parte recibía muchos reportes de jóvenes desaparecidos o jóvenes fugados de sus casas, aunque los padres negaban que sus hijos escaparan de casa. Las víctimas a menudo estaban solas o en parejas, y eran invitadas a las fiestas en el apartamento de Corll. Los jóvenes que frecuentaban esos eventos eran amigos de Henley o Brooks, excepto Malley Winkle y Billy Baulch, quienes trabajaron con Dean en la empresa de dulces en los sesenta.
La investigación apuntaba a Corll como sospechoso, pero los comentarios de las personas no eran testimonios positivos para la investigación, puesto que todos los interrogados confirmaban que Dean era un hombre bueno
Los homicidios de Corll mostraban el mismo modus operandi: los adolescentes eran estrangulados, muertos por disparos y violados. De acuerdo con los reportes policíacos, el orden de las desapariciones seria el siguiente:
– 25 de Septiembre de 1970: Jeffrey Konen de 18 años. Enterrado en High Island Beach.
– 15 de Diciembre de 1970: Danny Yates de 15 años y James Glass de 14, desaparecieron en una reunión de su religión, engañados por David Brooks, ambos fueron torturados y estrangulados por Corll.
– 30 de Enero de 1971: Donald Waldrop de 17 años y Jerry Waldrop, 13, quienes de acuerdo con Brooks, el padre de ambos era un constructor que en aquel tiempo trabajó en un apartamento continuo al de Corll cuando éste los estranguló.
– 9 de Marzo de 1971: Randell Lee Harvey de 15 años desapareció camino a su casa, cerca de una estación de gasolina. Corll le disparó en la cabeza y lo sepultó con el resto, cerca del cobertizo de su bote. Su cuerpo fue identificado el 17 de Octubre del 2008.
– 29 de Mayo de 1971: David Hilligeist de 13 años, desapareció yendo a la piscina local, David era uno de los amigos de la infancia de Henley. Malley Winkle de 16 años, antiguo empleado de la tienda de dulces y novio de la hermana de Randell Lee fue visto por última ocasión subiendo junto con Hilliegeist a una furgoneta blanca.
– 17 de Agosto de 1971: Ruben Watson de 17 años desapareció yendo al cine, esta fue la última víctima identificada antes que Henley comenzara a participar en los secuestros y asesinatos.
– 24 de Marzo de 1972: Frank Aguirre de 18 años, era el novio de Rhonda Williams, cuya presencia en la casa de Corll desató la confrontación final entre Henley y Dean. Frank fue enterrado en High Island Beach.
– 21 de Mayo de 1972: Johnny Dejome de 16 años y Billy Baulch de 17 años, desaparecieron yendo a la tienda, Henley lo estranguló y después le disparó en la cabeza. Billy trabajó con Dean en la tienda de dulces durante los sesenta, fue enterrado en High Islan beach.
– 2 de Octubre de 1972: Wally Jay Simoneaux de 14 años y Richard Hembree de 13, fueron vistos por última vez junto a una furgoneta blanca aparcada en una tienda. Fueron enterrados cerca del cobertizo del bote de Corll.
– 22 de Diciembre de 1972: Mark Scott de 18 años fue torturado y asesinado por Corll, Mark era amigo de Henley y Brooks.
– 4 de Junio de 1973: Billy Ray Lawrence de 15 años, su caso fue diferente porque Corll lo mantuvo con vida por cuatro días antes de matarlo y enterrarlo en el lago Sam Rayburn. Billy era amigo de Henley.
– 15 de Junio de 1973: Ray Blackburn de 20 años, era de Lousiana, estaba casado y tenía un hijo. Fue la víctima más adulta de Corll.
– 13 de Julio de 1973: Homer García de 15 años, conocía a Henley por los cursos de conducción. Le dispararon y enterraron en el lago Sam Rayburn.
– 19 de Julio de 1973: Tony Baulch de 15 años. Corll asesinó a su hermano mayor el año anterior, Tony fue enterrado cerca del cobertizo de su bote.
– 25 de Julio de 1973: Marty Jones de 18 años y su amigo Charles Cary Cobble de 17 fueron vistos por última vez en la compañía de Henley. A Charles le dispararon dos veces en la cabeza.
– 3 de Agosto de 1973: James Dreymala de 13 años se convertiría en la última victima de Corlls, él fue engañado para que entre al apartamento de Dean en Pasadena a recolectar tapas de las botellas de sodas para venderlas.

Asesinos en Serie (Dean Corll [II])

En 1964 Corll se alistó en el servicio militar a pesar de su condición cardíaca, durante su tiempo como soldado se dio cuenta de su homosexualidad, por este motivo fue dado de baja después de haber servido por 10 meses. Pronto regresó a la tienda de dulces para ayudar a su madre. Con el tiempo se convirtió en el dueño de la empresa y daba dulces gratis a los niños para que visiten la tienda, a muchos de los locales les parecía extraño que Corll pase mucho tiempo con niños y en especial con adolescentes, sin embargo nadie se acordó de esto cuando las desapariciones de jóvenes comenzaron a producirse.
Después del tercer matrimonio fracasado de su madre en 1968, Mary se mudó a Colorado. Ella y Dean se mantenían en contacto por teléfono, pero ella jamás volvió a ver a su hijo de nuevo. La empresa de dulces empezó a fallar y, como su padre antes que él, Dean tomó un trabajo de electricista en “Houston Lighting and Power Company”, lugar donde trabajó hasta el día que lo mataron.
Cuando había cumplido los 30 años experimentó un severo cambio de personalidad volviéndose híper sensitivo y tétrico. Entonces empezó a pasar más tiempo con adolescentes y a hacer reuniones donde se drogaban con fundas de papel que contenían pintura o pegamento.
Lo más extraño de Corll era tal vez la elección de sus amigos, quienes en gran parte eran adolescentes masculinos entre 13 y 20 años. De todos sus conocidos sólo dos eran bien cercanos a Dean: Elmer Wayne Henley de 14 años y David Owen Brooks de 15 años.
Los tres pasaban mucho tiempo en la casa de Corll o paseando en su furgoneta blanca, pero en una ocasión Brooks entró al apartamento de Dean para encontrarlo desnudo con dos muchachos atados y desnudos también, tan nervioso se puso Corll, que liberó a los jóvenes y le regaló el coche a Brooks para comprar su silencio. Pronto la demencia de Corll le llevó a ofrecerles a David y a Wayne la cantidad de $200 por cada muchacho que le trajesen.

La característica que todas las víctimas compartían era que todos eran adolescentes hombres de menos de veinte años. El primero en morir fue Jeffrey Konen de 18 años, quien desapareció el 25 de Septiembre de 1970, mientras hacía autostop. Konen fue dejado en la esquina de la carretera de Westheimer, fue recogido por Corll, quien le ofreció llevarlo a su casa en Braeswood Place. La amable apariencia convenció al joven Jeffrey de subirse al coche. Konen fue la única víctima de esa edad y que no vivía en el barrio de Corll. El resto de la víctimas eran adolescentes mas jóvenes que vivían en Houston Heights, un barrio pobre, una de ellos fue Homer García de 15 años, quien conoció a Henley cuando estudiaba en la escuela de conducción, él fue invitado a una de las fiestas en la casa de Corll.


Asesinos en Serie (Dean Corll [I])

Dean Arnold Corll nació en Fort Wayne (USA) irónicamente el 24 de diciembre de 1939. Su padre Arnold Edwin Corll no era una figura muy estable, pues castigaba a sus hijos severamente por el más pequeño error. Debido a las constantes peleas con su esposa Mary Robinson, ambos se divorciaron cuando Dean apenas era un niño, sin embargo se volvieron a casar después de la Segunda Guerra Mundial.

Cuando se separaron por última ocasión, Dean y Stanley (su hermano menor) fueron a vivir con las hermanas mayores de su madre, debido a que Mary tenía que trabajar para mantener a sus hijos. Dean enfermó por una fiebre reumática que le ocasionó un soplo cardíaco y para alejarse de su padre se mudaron a Pasadena, Texas.

Allí, y sin ningún tipo de ayuda, empezó a formar su propio negocio de caramelos de nuez. Había contraído matrimonio por segunda vez; pero las cosas fueron de mal en peor y terminó divorciándose nuevamente, lo cual afectó a su próspero negocio. Su nuevo marido se apropió de la empresa y Mary debió empezar desde cero, esta vez produciendo dulces en su propia cochera, con ayuda del joven Dean. Al parecer Mary West tenía bastante buen manejo de sus negocios, pues la nueva fábrica de dulces, instalada en su propio garage, empezó a dar bastantes dividendos y pronto logró arrendar un galpón y contrató a varios empleados. Era evidente que estaba superando sus propias expectativas y, de paso, las ventas que generaba su segundo ex marido con su empresa.
En los estudios Dean era percibido como un buen estudiante de impecable aspecto disciplina. Dean utilizaba parte de su tiempo para ayudar día y noche a su madre, y seguir con sus estudios, pero la condición de su corazón limitó sus aspiraciones atléticas, por lo que se dedicó a estudiar Música y aprendió a tocar el trombón. Cuando Dean tenía 19 años se mudaron nuevamente, en esta ocasión a Houston Heights, lugar donde abrieron una pequeña tienda. Tras el segundo divorcio de su madre, Mary nombró a Dean como vicepresidente de la compañía, él se cambió a un departamento justo encima de la tienda. El negocio iba por buen camino y ya contaba con algunos empleados, Corll pasaba mucho de su tiempo libre en la compañía de jóvenes menores que él y tenía el habito de regalar dulces a los niños locales, razón por la cual los medios de comunicación le dieron el apodo "El Hombre de Los Dulces" (Candyman) una vez que sus crímenes se dieron a conocer.


martes, 15 de diciembre de 2015

Leyendas en Catalunya (El Palacio de la Virreina [II])

El matrimonio duró poco: sólo tres años después de celebrarse, el Manuel Amat murió. María Francisca, fue forzada nuevamente a entrar en un convento, el mismo que abandono, cuando fue forzada a casarse con el sobrino del Virrey. Después, tal vez vio el cielo abierto, pensando que por fin podría tomar las riendas de su vida, pero no fue así. Instalada en lo que conocemos hoy, como el Palau de la Virreina, gestionó el patrimonio del marido pero siempre tutelada y controlada por su padre, el sobrino del Virrey (el novio que la había abandonado, el día de su boda) y un notario. Hizo las obras de caridad que se esperaba de una dama de su categoría, pero no se pudo volverse a casar, seguramente por las presiones de las dos familias, temerosas de perder el control de la inmensa fortuna que tenían entre manos .
Esta situación, sin embargo, no se prolongaría demasiado. En octubre de 1791, cuando tenía treinta y cinco años, María Francisca se desmayó entre convulsiones mientras estaba en misa. Murió poco después sin haber recuperado la conciencia, y la enterraron en el panteón de la familia Amat. Además de dejar sus bienes a la familia, pagó tres mil misas en su recuerdo y de su marido. Pero el recuerdo más duradero no pagó ese día: es la plaza y el Palau de la Virreina.


Leyendas en Catalunya (El Palacio de la Virreina [I])

Manuel Amat, virrey del Perú, le gusta la ostentación. Y cuando se enamoró de la actriz Micaela Villegas "la Perritcholi", no se detuvo ante nada para seducirla: incluso le ofreció la luna, y lo cumplió construyéndose un paseo con una fuente donde se veía el reflejo de ella. Ambos, él cerca de la sesentena y ella en la raya de los veinte, exhibieron amores, poder y riqueza a la Lima de mediados del siglo XVIII. Pero catorce años después, el cuento de hadas se acabó. A Manuel Amat le destituyeron, y en 1776 volvió a Catalunya, dejando atrás MichaelaVillegas y su hijo común.
Quizá llegó destronado, pero nunca renunció a mostrar el lujo y la influencia. Y por eso se hizo construir dos palacios: uno en la Rambla de Barcelona y el otro en Gràcia. Uno de los palacios lleva el nombre de la Virreina.

Francesca Fiveller i Bruc, era una joven culta y piadosa de buena, que vía retirada al convento de las Jonqueres a la espera de contraer matrimonio de conveniencia con un sobrino del virrey del Perú.
Aunque era un matrimonio de conveniencia, Maria Francesca era feliz, porque había tenido la ocasión de conocer a su prometido y había quedado tan enamorada que no veía el momento de casarse. Pero el dia de la boda, el novio la dejó plantada en el altar. El padrino de bodas, era el mismo virrey , Manuel Amat. Viendo la humillante situación le dice:
- "Señora, me duele en el alma el menosprecio que mi sobrino le ha hecho, pero para arreglarlo, si quiere, me ofrezco a ser su marido".
Al Virrei, no le representaba ningún problema. La joven aceptó la proposición, aunque el virrey contaba ya 75 años y podía, bien, bien, ser su abuelo. Sin duda pensó que era mejor consolarse con la fortuna del viejo pretendiente y disimular asi la humillación sufrida.

Asesinos en Serie (Adolfo de Jesús Constanzo [IV])

Según las aterradoras declaraciones de Sara a la policía, desde que conoció a Constanzo mantuvo una doble vida comportándose como una chica normal con sus amigos y familia, y como una fría asesina por otro. Ella misma llegó a torturar a algunas víctimas, entre ellas Gilbert Sosa, un traficante de drogas. Delante de los demás miembros del culto ordenó que se le colgase del cuello, con las manos libres para que pudiese sobrevivir agarrándose a la cuerda. Luego lo sumergió en un barril de agua hirviendo, mientras le arrancaba los pezones con unas tijeras.
Confesaría además otros crímenes brutales, como en el que uno de los miembros de la secta mantiene a la víctima con vida después de haberle cortado el pene, las piernas y los dedos de las manos. Le abre el pecho de un machetazo y le agarra el corazón sin desprenderlo, lo muerde a dentelladas mientras el moribundo lo mira agonizante.
Más tarde negaría su participación en los desquiciados rituales, asegurando que el Padrino la retuvo contra su voluntad al haberse descubierto la matanza de Matamoros.
En la actualidad Sara Aldrete Villarreal purga una pena de cincuenta años por homicidio, sin siquiera saber que su historia ha inspirado la "Perdita Durango" de Alex de la Iglesia, película estrenada en septiembre de 1997.

fuente:  http://www.asesinos-en-serie.com


Asesinos en Serie (Adolfo de Jesús Constanzo [III])

Los agentes de la policía judicial detienen a un grupo de personas implicadas, quienes confiesan haber matado a esos individuos por orden del Padrino Adolfo de Jesús Constanzo, de veintisiete años de edad e hijo de un americano y una cubana practicante de la Santería y Palo Mayombe, en cuyas artes mágicas había sido iniciado desde que tenía tres años.
Los detenidos revelaron además la existencia de otras sedes del grupo en otras ciudades mexicanas, en las que se descubrieron más delegaciones y sucedieron una serie de aprehensiones.
A partir de ese momento más de trescientos policías participan activamente en la búsqueda de Constanzo y sus seguidores más próximos: Sara Aldrete, Alvaro de León Valdez, Omar Francisco Orea y Martín Quintana, quienes emprenden una huida durante tres semanas por todo México.
Constanzo intenta negociar con las autoridades mexicanas amenazando con revelar todos los nombres de los personajes conocidos que participan en su culto, pero esto pesa poco comparado con la atrocidad de sus crímenes y la policía se muestra intransigente. Dichas negociaciones se mantuvieron en secreto durante mucho tiempo, por lo que más tarde saldría a la luz pública: que numerosos policías habrían estado implicados en la secta.
Sintiendo que el fin de sus crímenes estaba cerca, Adolfo y sus cómplices se refugian en una mansión de las más lujosas del Obispado de Monterrey, protegida con un circuito cerrado con seis cámaras que vigilaban el jardín y accesos a la vivienda.
Finalmente, el 6 de mayo son descubiertos en el Distrito Federal por algunos agentes de la policía judicial que se hallaban registrando la zona y, sintiéndose acorralados, los cómplices del Padrino comienzan a dispararles desde la ventana de un edificio ubicado en la calle Río Sena de la Ciudad de México.
Al momento se presentan varias patrullas de refuerzo que pueden acercarse y llegar hasta el cuarto piso, desde donde disparaban. Dentro se encontraban Constanzo y los demás, quienes habían hecho un pacto de suicidio mutuo si no lograban deshacerse de los policías.
Al ver Constanzo la gran cantidad de agentes que les rodeaban y ganaban terreno a cada paso, desesperado, ordena a su compañero Valdez que le dispare con una ametralladora que le tiende, y Quintana, fiel a su líder decide suicidarse con él. Ambos se meten en un armario ordenando disparar a Valdez. Instantes después son detenidos sólo tres supervivientes, contabilizándose unos quince seguidores fieles de estos sangrientos cultos.

Asesinos en Serie (Adolfo de Jesús Constanzo [II])

Costanzo convence a los demás adeptos que serán completamente invulnerables a las balas y que tendrán el poder de hacerse invisibles si siguen al pie de la letra sus instrucciones: confeccionar una ganga o caldero mágico con unos ingredientes especiales, además de secretos, en los ritos de Palo Mayombe, como son la sangre y algunos miembros humanos mutilados, preferentemente cerebros de criminales o locos, a ser posible de hombres de raza blanca, pues supuestamente éstos son más influenciables por el verdugo (para el asesino la tortura a la víctima es un factor muy importante, pues el alma de la víctima debe aprender a temer a su verdugo por toda la eternidad con el fin de hallarse para siempre sujeta a él).
El rito termina cuando los participantes beben la sopa del caldero formada con la sangre de la víctima, su cerebro y los demás elementos que completan la siniestra ganga… lo cual les dará todo el poder que los criminales deseen.
El 9 de abril de 1989, la policía mexicana detiene en un rutinario control la camioneta que conducía David Serna Valdez, de veintidós años, a la altura del kilómetro 39 de la carretera de Matamoros a Reynosa en el rancho Santa Elena. En ella se encuentran restos de marihuana y una pistola calibre 38, por lo que el joven conductor es detenido. Tras unas horas de interrogatorio confiesa que pertenecía a una secta de "magia negra" y que utilizaban el rancho para realizar sus sacrificios rituales con seres humanos, además del narcotráfico.
 Estas sorprendentes confesiones obligan a la policía a registrar el rancho, hallando allí otros ciento diez kilos de marihuana… y algo macabro: un caldero de hierro de hedor pestilente que contenía sangre seca, un cerebro humano, colillas de cigarros, 40 botellas vacías de aguardiente, machetes, ajos y una tortuga asada. Alrededor de la casa, una fosa común con doce cadáveres descuartizados, a los que les habían extirpado el corazón y el cerebro en algún extraño ritual.
Entre ellos se hallaba el cuerpo de Mark Kilroy, un estudiante de medicina desaparecido en marzo de 1989 al que habían amputado las dos piernas y extirpado el cerebro, y con parte de cuya columna vertebral el líder del grupo se había fabricado un alfiler de corbata que le servía de amuleto.