Otras tradiciones cuentan que el caudillo visigodo Quintiliano,
huyendo de la invasión agarena, se refugió en Montgrony, que era
prácticamente inaccesible. Allí se sintió seguro y trató de organizar
unas fuerzas para emprender la reconquista. Como no conocía el país ni
sabía donde podía acudir ni de quién se podía fiar, pidió ayuda al conde
Arnau, que gozaba de un gran prestigio, por efecto del que reunieron un
fuerte ejército que acampó en Coma Armada , paraje que antes era
conocido con otro nombre y que pasó a llamarse así desde entonces. Otra
tradición sobre dicha reconquista cuenta, aún, que el que hizo hacia el
Montgrony fue el conde Otger Cataló y que plantó su tienda. Para reunir
un ejército poderoso para poder afrontar los moros, hizo sonar su cuerno
de guerra a los cuatro vientos, pero ni un solo hombre no acudió a su
llamada, y Otger, que iba bien solo, sin otro compañero que un perro muy
fiel e inteligente, quedó bastante desolado. La bestia comprendió el
estado de ánimo de su amo ante el fracaso y para ayudarle corrió hacia
el castillo de Mataplana, donde dio a entender que pasaba algo
extraordinario. Tanto y tanto porfidiejar que el conde l'Arnau mandó a
un sirviente que siguiera el perro para ver qué quería. La bestia
llevó-hasta la tienda de su amo y Otger le expuso su plan para que
hiciera conocedor de su señor. Cuando el conde l'Arnau n'hagué mención
le prometió ayudarle en todo y por todo. Usando de su prestigio llamó a
los caballeros más aguerridos y reúne hasta nueve, que se emparejan para
combatir a los moros. Los nueve caballeros juraron fidelidad a su
palabra ante la imagen de la Virgen, que tomaron por testigo. Todos se
sacaron las espadas y las extendieron a la vez encima del altar,
dispuestos ellos en círculo alrededor de la mesa. Y cumplieron el
juramento, pues no pararon de luchar hasta que alcanzaron plenamente su
propósito.
Otger reconoció que debía el éxito de su empresa al esfuerzo ya la
inteligencia de su perro, y quiso honrar como se merecía. El premió con
un magnífico collar y para eterna memoria puso el perro en su escudo en
actitud de correr.
Los nueve caballeros que se juntaron para combatir a los enemigos sarracenos pasaron a llamarse desde entonces los "Nueve Barones de la Fama,
y de cada uno de ellos surgió una familia noble. En total los
caballeros eran Dapifer de Montcada, Galceran de Pinós, Hugo de
Mataplana, Guillem de Cervera, Ramón de Cervelló, Pedro de Alamany,
Gibert de Ribelles, Roger de Erill y Ramon de Anglesola. De ahí
surgieron las familias de los Montcada, Pinós, Mataplana, Cervera,
Cervelló, Alamany, Ribelles, Erill y Anglesola. Estas familias
configuraron luego el más importante de la nobleza catalana.
La Maldición
El conde del Arnau poseía una atracción extraña y excepcional. Era de
fisonomía muy adusta, pero tenía el don de la persuasión y una belleza
toda especial y diabólica que le hacía atrayendo a las mujeres, que se
sentían cautivadas por su palabra y por su vista. Conocían bien sus
costumbres licenciosas y perversos y también sabían el precio que debía
costar su amistad, pero una extraña simpatía las inclinaba hacia él y
sentían alegría de hablar con él. Los hombres, sin embargo, le tenían un
odio implacable y eran cientos los maridos, los hermanos y los padres
que, roídos por la sed de venganza, sentían avidez de hacerle pagar a
buen precio su deshonra, pero ninguno se atrevía encarar-se, ya que
todos le temían tanto como la odiaban. Había entrado por todos los
hogares de sus dominios, y los de fuerza más allá aún, y no había
desdeñado ser huésped de la cabaña de carbonero o del leñador, de la
misma manera que había visitado la casa del campesino que llevaba
tierras. La acritud de carácter le condujo a un grado exagerado de
tacañería.
El señor del castillo de Milany tuvo un niño y le fue padrino el
conde Arnau. El barón de Mataplana le hizo presente de un vestido para
el bautizo. Fue el caso de que, a los pocos días de bautizado, el niño
se murió. Y el Conde reclamó al señor de Milany el vestido de su
ahijado, pues, como que había muerto, ya no la necesitaba. El Conde
entonces maravilló el vestido con un maleficio que producía la muerte de
todos los niños a los que lo ponían. El Conde sentía mucha alegría que
dentro de sus dominios nacieran solo chicas. Sentía, en cambio,
desagrado que nacieran chicos, que el día de mañana se podían
convertirse en sus enemigos. Un día hizo saber a sus vasallos que quería
ser padrino de los chicos que nacieran dentro de la baronía. A todos
les hacía presente del rico vestido hechizado, y al cabo de pocos días
morían. El Conde reclamaba el vestido y daba al ahijado siguiente, que
moría como los demás. Así durante varios años consiguió que no
sobreviviera ningún chico dentro del territorio de la baronía, hasta que
se dio cuenta que privándose de enemigos por medio de este sistema
también se privaba de brazos que le cultivaran las tierras. Y lo dejó
estar.
El Conde pagaba todos los tributos que debía satisfacer al rey o a
otros caballeros siempre con ganado: caballos, bueyes, ovejas, lechones,
etc. Antes de entregarlos en pago les hacía comer un grano hechizado,
que hacía que las bestias, de modo que se encontraban sueltas,
emprendieran el camino de su corral o cuadra y que hicieran otra vez a
la baronía. Por lejos que fueran y por dificultades que hubiera por el
camino, más tarde o más temprano, según los días que duraba el viaje,
los animales volvían a su corral. Así el Conde satisfacía religiosamente
sus deudas y pagaba puntualmente todos los tributos, sin mermar su
patrimonio. Dicen que el conde Arnau no quería que dentro de sus
dominios hubiera otro animal grande que su caballo. Ninguno de sus
vasallos no podía ser osado tener ningún yegua, ni buey, ni incluso
ningún asno. Una vez un burro perdido entró en el término de su
jurisdicción. Un campesino que lo vio corrió a esquivarlo por miedo a la
furia del señor. El Conde, al saberlo, como él no lo había visto, dudó
de si el vasallo trataba de hacer huir al asno o de auparlo y apoderarse
de ella. Ante la duda, creyó conveniente castigarlo, y lo hizo colgar
del almena más alto del castillo, para que el castigo sirviera de
ejemplo a todos los vasallos.
Como no podía haber animales de fuerza ni de tiro dentro de los
dominios condales, todas las labores del cultivo de la tierra y todo el
trajín hacer a fuerza de brazo y de sangre humana. En arar, los
campesinos tenían que hacer el oficio de los bueyes, y en batir, el de
las yeguas. Todo lo que tenía que acarrear y transportar debía ser
llevado a hombros. El conde Arnau se sentía dueño y señor de todos los
cultivos que se hacían dentro de sus dominios y de todos los frutos que
se cosechaban. El trigo había que ir a batir a una gran era, y él en
persona vigilaba el trabajo. Todos los súbditos, hombres, mujeres y
niños, habían de acudir y de trabajar a la desesperada, dando vueltas
por la era a modo de buey o de yegua y bajo la furia de su látigo.
Repartía el trigo a su albedrío. A los pocos vasallos que tenía buen
ojo, les daba en abundancia, y los demás, sólo un poquito que no les
llegaba ni para un par de meses. Y ay que alguien de los que tenían de
sobrante en diera ni un Senabre a quienes padecían hambre! que el Conde
les hacía sentir todo el peso de su dominio.
fuente: wikipedia