miércoles, 16 de marzo de 2016

Asesinos en Serie (Darya Nikolayevna Saltykova [IV])

En ese mismo 2 de octubre de 1768, tras sufrir su “muerte civil” Darya fue encerrada en el Convento Ivanovsky. La habitación había sido especialmente hecha para ella: no tenía ventanas, las paredes eran de madera y la única luz que se presentaba ante sus ojos era la de la vela que única y exclusivamente le permitían prender a las horas de la comida. El resto del día la oscuridad era absoluta y la única visita que tenía era la del guardia que le llevaba la comida, guardia con el cual se cree que tuvo un romance y que de ese romance fue que salió el hijo que parió en aquellos once años donde uno de sus pocos consuelos era el beneficio de oír (habían puesto la celda en un lugar desde el que se podía oír misa) los canticos que entonaban en los servicios religiosos que efectuaban allá, en ese mundo que, al igual que a la condesa Bathory, la había aislado a ella por las mismas razones: torturar y matar muchachas inocentes.
Cuentan que allí, en ese mismo convento, el Departamento de Investigación y el Buró de Investigaciones Secretas enviaban a las mujeres aristócratas cuyas condenas querían mantener en secreto. En vistas a esos fines, el personal de ambas instituciones procuraba hacer pasar por locas o enfermas mentales a aquellas mujeres que se habían mostrado peligrosas por su proceder político o por cometer auténticos crímenes. Pero el caso de Darya era distinto. Nunca se pretendió aparentar que Darya era una enferma mental, ya que en realidad sí lo era…
Después de once años de confinamiento, Darya vio por fin la luz del día cuando en 1779 la transfirieron a un nuevo lugar de reclusión dentro del mismo convento. Esta vez se trataba de una cámara de piedra, adjunta al convento y provista de una ventana con persianas.
Para cuando llegó a su nuevo alojamiento, Darya se había transformado en un ser mucho más trastornado de lo que era anteriormente: escupía a los espectadores, los insultaba y empujaba un palillo a través de la ventana como para herirlos o asustarlos. Años atrás habría disfrutado del sol pero ya era tarde y los años de encierro la habían convertido en una vieja loca que no toleraba la luz, gustando así de que su oscuridad interior fuese envuelta por las tinieblas exteriores que imperaban entre aquellas duras y frías paredes de piedra.
En su nueva celda el tiempo pasó y a sus 71 años, a la fecha del 27 de noviembre de 1801, la muerte se la llevó para siempre, no pudiendo sin embargo llevarse el recuerdo de su nombre que, junto al de contadas infames, permanecerá por siempre en la cima de las más crueles mujeres de la historia.
Sus huesos yacen actualmente en el cementerio del Monasterio Donskoy, reposando junto a las osamentas de sus parientes.

fuente: http://www.asesinos-en-serie.com


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