
El asesino serial había muerto y Henley,
resignado ante la culpa, llamó a la Policía. Mientras esperaban éste le
dijo a Tim: "me hubieran dado $200 por ti". Cuando los oficiales
interrogaron al cómplice, este les contó todo sobre los asesinatos, la
Policía, escéptica, no creía la historia hasta que Henley les mencionó
algunos nombres de los adolescentes desaparecidos.
Al investigar el apartamento se toparon con una oscura verdad. Dean Carll los había matado a todos en su cámara de tortura.
Un cuarto oscuro, diseñado sólo para la
tortura y la muerte, un cuarto investido de un extraño olor. Tenía un
piso alfombrado cubierto por plástico y una larga tabla con esposas
adjuntadas, la cual sería el último lugar de reposo de las víctimas.
Habían cuerdas y varios juguetes sexuales, objetos todos que describían
la naturaleza de los crímenes. También había un extraño cajón de madera
con huecos hechos para que el aire entre.
A ese terrible lugar Corll llevaba a los
jóvenes (de 13 a 20 años) que elegía como presas. Ahí los desnudaba,
los violaba y los atormentaba haciéndoles cosas como meterles gruesos
consoladores que les dejaba metidos en el ano; o, peor aún, duras, frías
y lacerantes varillas de acero… También solía introducirlos en cajas de
madera, donde tras cierto tiempo sus víctimas experimentaban agudos
calambres. Gustaba de arrancarles el vello púbico, pelo por pelo. Y era
cada vez más sádico, ya que llegó a un punto en que les partía los
dedos, les quebraba a martillazos los omoplatos y otros huesos de
piernas y brazos, los asfixiaba con bolsas plásticas, les hacía cortes
en tal o cual parte del cuerpo, e incluso, a algunos los castraba con
tijeras, cuchillos, y hasta navajas de afeitar…
En los días que siguieron después de la
muerte de Corll, Henley llevó a los oficiales al cementerio personal de
Corll. Cerca del cobertizo de su bote había un terreno donde, tras cavar
por algunas horas, descubrieron varios cuerpos bañados en cal y
envueltos en plástico. Y es que Corll, según contaron ex empleados de la
dulcería, solía comprar a menudo unos rollos de plástico transparente;
eran estos los royos con los que envolvía a los cadáveres de sus
víctimas, atando los extremos de tal forma que los muertos pareciesen
caramelos. Pero Henley no se detuvo allí, y tras confesar toda su
participación, los llevó al resto de “cementerios” que Corll había
creado en todo Houston. La Policía descubrió un total de 27 cadáveres,
que al ser examinados mostraban señales de haber sido estrangulados y
torturados, algunos también habían sido castrados, otros fueron muertos a
balazos, algunos tenían objetos insertados por el recto, y
absolutamente todos habían sido sodomizados.
Cuando la investigación y búsqueda de
cadáveres estaba terminando, Henley insistió en que faltaban tres
cuerpos más que habían asesinado, cuerpos que jamás fueron encontrados.
Aunque sí descubrieron dos huesos que no eran de las víctimas
encontradas cerca del cobertizo del bote de Corll, por lo que no se
descarta que hubiese más víctimas que nunca aparecieron.
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